El paseo de Diana
Diana ni siquiera podía reconocerse a sí misma. Tenía la piel completamente pálida y había perdido el control sobre los músculos del rostro. Se acercó a la tienda de souvenirs de donde tomó una gorra y unas llamativas en gafas de Sol. Le resultó imposible no observar su nueva imagen en el espejo del lugar. Mientras tanto, el dependiente pegó un salto olímpico por encima del mostrador y salió como alma que lleva el diablo hacia las calles de San Diego.






