El código 4:20 apareció inicialmente en el año de 1971 en San Rafael, una ciudad ubicada al sur del estado de California, en los Estados Unidos. Fue ideado por un grupo de estudiantes que se concentraba en una zona exterior del muro de su escuela para conversar y fumar marihuana. Debido a este hábito, el grupo se ganó el mote de los “Waldos” (de “wall”, el término en inglés para “muro”).
Estamos seguros que alguna vez en la vida has interpretado a un personaje de dibujos animados o serie, un superhéroe favorito e incluso un villano predilecto. Pero este hombre decidió ir un poco más allá de coleccionar posters, figuras de acción y otras cosas relacionadas con el personaje que más le llama la atención.
Los guerreros samurái no siempre tuvieron esa imagen de hombres honorables que subsiste en el imaginario popular. Hasta el 1600 carecían por completo de un “código” entre colegas, por lo que no era nada raro que traicionaran a sus maestros. Incluso después de esta época, la lealtad era algo que tenía mucho más importancia en un papel que en la realidad.
Uno jamás imaginaría que el sexo, las drogas y el rock and roll tuvieran algo que ver con la misa dominical. Sin embargo, en la práctica estas cosas producen el mismo efecto en nuestro cerebro. Un estudio reciente llevado a cabo por un equipo de la Universidad de Utah, en Salt Lake City, Estados Unidos, encontró que tener sexo, drogarse, escuchar música y rezar son actividades que estimulan la misma zona del cerebro.
Al mismo tiempo que Australia ofrece a los visitantes infinidad de lugares atractivos, como paisajes deslumbrantes, playas paradisiacas, ciudades llenas de diversión y un pueblo sumamente encantador, el país tampoco deja de sorprender por su naturaleza salvaje.
Incluso tengo miedo de decirlo aquí. En los años 90, todos los días regresaba de la Universidad por una avenida muy transitada y siempre tomaba cualquier autobús que bajara por dicha avenida. No importaba la ruta, lo importante era aproximarme a la estación de metro que se situaba al final de esta calle.
Cierto día, como de costumbre, tomé un autobús cualquiera, repleto de pasajeros y sin nada fuera de lo normal, como siempre lo hacía en la avenida. El trayecto solía extenderse durante media hora y lo aprovechaba para leer. En cierto momento, una mujer me abordó y dijo: “Tú no vas a Sietemás, ¿verdad?”. Bastante confundido por la pregunta, no le respondí nada. Ella volvió a hablar. “Este autobús va para Sietemás. Lo mejor es que te bajes”. Le sonreí y miré para todos lados. Lo juro, cada pasajero ahí dentro me estaba mirando.